Las bendiciones de los hijos

by Jason T. Adams, MA

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¿Cómo los niños son una bendición?

La enseñanza de la Iglesia sobre la anticoncepción no es solamente una prohibición sino un llamado a la alegría de la paternidad. La procreación de los hijos, mucho mas que una obligación, es una efusión del amor de Dios a los esposos, quienes derraman a cambio su amor a sus hijos. Por consiguiente, los padres llegan a ser mediadores, instrumentos, y ministros del amor de Dios. Este compartir el amor de Dios a sus hijos, como es cierto en todas las instancias en las cuales nosotros participamos en la administración de los regalos de Dios, eleva nuestra dignidad, nos hace similares a Cristo, y profundiza el conocimiento de nosotros mismos.

La transmisión de la vida humana es una prerrogativa tan apreciada por Dios tanto así que ha sido confiada solo a la unión por alianza matrimonial de hombre y mujer. Por esta razón es esencial en la vocación del matrimonio la apertura a la procreación. 1 Sí, el matrimonio es una vocación elevada por Cristo al nivel de un sacramento. Como todos los sacramentos, el matrimonio es un encuentro con Cristo que alimenta nuestro peregrinaje terrenal, así como la vida y el amor (gracia) de Dios es derramado en el alma de cada uno. Sin embargo, Dios en su abundancia, llena el alma a desbordar, más allá de nuestras fronteras para que lleguemos a ser recipientes de su amor. Así, llegamos a ser imágenes vivas de Cristo en el mundo.

Los hijos son la encarnación del amor matrimonial; el desborde material de dos llegando a ser uno. El amor es siempre vivificador, es siempre abierto a otro, siempre es expansivo. Aquellos que aman no encuentran mayor alegría que la de extender su amor a otros. Los hijos, son la extensión natural del amor de los esposos—signo visible de fecundidad del amor desprendido—y un medio para profundizar alegría del matrimonio por siempre.

No se ha dicho que teniendo hijos, se creara un estado perpetuo de felicidad conyugal. Los hijos involucran sacrificio, pero el sacrificio es el combustible del amor. El sacrificio autentica el amor, purifica sus motivos, y nos hace más imagen de Cristo. En verdad, el amor desprendido, que es necesario para criar los hijos, es no solamente una imitación de la misma ofrenda de Cristo, sino una real participación en esta ofrenda. La procreación de los hijos es un ejercicio de nuestro sacerdocio común: como Cristo, quien se ofreció como sacerdote y víctima, nosotros nos ofrecemos como un obsequio para nuestro esposo e hijos, para su bien y el de nosotros mismos. Ofreciéndonos a otros aprendemos quienes somos realmente: “Cualquiera que encuentre su vida la perderá, pero aquel que pierda su vida por mi voluntad la encontrará” (Mt 10:39).

El crucifijo que cuelga encima del lecho matrimonial en tantos hogares Católicos, toma un significado nuevo en esta luz.De la misma manera que la cruz realizó una ofrenda de auto-vaciamiento que produjo literalmente hijos para Dios, el lecho matrimonial comparte este sacrificio, una-vez-para-todos, para producir hijos para Dios. No es tan sólo una metáfora que Cristo se refiera a su Iglesia como Su novia y a El mismo como el novio.En el jueves Santo, Cristo proclamó sus votos matrimoniales—"Esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros” —Y en Viernes Santo El consumó el matrimonio en la Cruz. Por esta razón dos Doctores de la Iglesia Católica, S. Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz, compararon la cruz con el lecho matrimonial. Jesús formó una unión con el pueblo de Dios, El lo consumó en la cruz para dar a luz progenie divina, y El designó el matrimonio como el signo sacramental de esta ofrenda maravillosa (cf. Eph 5:25-32).

El hecho de que el criar a los hijos engendra un amor de auto-sacrificio en los padres, es un elemento esencial de la vocación del matrimonio, pero los hijos deben ser vistos no sólo en sus beneficios que brindan al matrimonio. Por el contrario, un hijo es un don supremo en él y por él mismo (cf. Carta a las familias No. 11 Juan Pablo II). ¿Que regalo es más precioso que la vida en si misma? Dentro del matrimonio una nueva persona que no existía antes es enviada, un alma inmortal creada por Dios a través de la íntima expresión de amor entre esposo y esposa. Un hijo es la instancia consumada de la intervención milagrosa de Dios en la vida de su pueblo. ¿Cómo no podemos dar la bienvenida nosotros una bendición tan magnífica? ¿Cómo podemos negarnos a un llamamiento tan generoso?

Que los niños son el “regalo supremo” del matrimonio y elementos esenciales del amor marital ha sido el sujeto de varias audiencias Papales del Papa Juan Pablo II:

La bendición de Dios está en el origen no solo de la comunión conyugal, sino también de la apertura responsable y generosa a la vida. Los hijos son en verdad la "primavera de la familia y de la sociedad"…. El matrimonio florece en los hijos: ellos coronan la comunión total de vida que convierte a los esposos en "una sola carne"; y esto vale tanto para los hijos nacidos de la relación natural entre los cónyuges, como para los queridos mediante la adopción. Los hijos no son un "accesorio" en el proyecto de una vida conyugal. No son "algo opcional," sino "el don más excelente," inscrito en la estructura misma de la unión conyugal. La Iglesia, como se sabe, enseña la ética del respeto a esta estructura fundamental en su significado al mismo tiempo unitivo y procreador. De este modo, expresa el acatamiento que se debe dar al designio de Dios, delineando un cuadro de relaciones entre los esposos basadas en la aceptación recíproca sin reservas. De este modo se respeta, sobre todo, el derecho de los hijos a nacer y crecer en un ambiente de amor plenamente humano. Conformándose a la palabra de Dios, la familia se transforma así una escuela de humanización y de verdadera solidaridad (Homilía del Domingo, Jubileo de las familias 15 de Octubre de 2000).

Eligiendo el matrimonio como nuestra vocación, aceptamos, para el futuro, el regalo de los hijos. En verdad, los votos tomados en el matrimonio requieren nuestro consentimiento para “aceptar amorosamente los hijos que vienen de Dios, criándolos de acuerdo a la ley de Cristo y de su Iglesia.”Esto es una promesa sagrada ante Dios y esposo ante los testigos—un voto que si se mantiene, produce vida nueva, la cual acelera nuestra voluntad de amar y avivar nuestra perspectiva. El Papa Juan Pablo II habló poéticamente sobre este punto en un octubre 14, 2000, dirigiéndose a las familias:

¿No son precisamente los hijos mismos quienes "examinan" continuamente a los padres? No sólo lo hacen con sus frecuentes "¿por qué?," sino también con sus rostros, unas veces sonriente y otras veces nublados por la tristeza. Es como si todo su modo de ser reflejara un interrogante, que se expresa de formas muy diversas, incluso con sus caprichos, y que podríamos traducir en preguntas como estas: "Mamá, papá, ¿me quieres? ¿Soy de verdad un don para ustedes? ¿Me aceptas por lo que soy? ¿Siempre tratas de hacer lo que es realmente mejor para mí?

Estas preguntas las formulan más con la mirada que con las palabras, pero obligan a los padres a asumir su gran responsabilidad y, en cierto modo, para ellos son el eco de la voz de Dios.

Los hijos son "primavera": ¿qué significa esta metáfora elegida para vuestro jubileo?

Nos remite al horizonte de vida, de colores, de luz y de canto, típico de la estación primaveral. Los hijos son todo esto por naturaleza. Son la esperanza que sigue floreciendo, un proyecto que se inicia continuamente, el futuro que se abre sin cesar. Representan el florecimiento del amor conyugal, que en ellos se refleja y se consolida. Al nacer, traen un mensaje de vida que, en definitiva, se remite al Autor mismo de la vida. Al estar necesitados de todo, en especial durante las primeras fases de su existencia, constituyen naturalmente una llamada a la solidaridad.

No por casualidad Jesús invitó a sus discípulos a tener corazón de niño. Queridas familias, hoy quieren dar gracias por el don de los hijos y, al mismo tiempo, acoger el mensaje que Dios les envía a través de su existencia (Reunión del Tercer Mundo con Familias).

Jesús nos enseño: “Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el reino de Dios” (Lucas 18:16). Los niños son el modelo del pueblo del reino. Ellos son el símbolo vivo de la esperanza, de la inocencia, y de la vida misma. Verdaderamente, Jesús vino a nosotros como un niño, brindando en su infancia un nuevo comienzo para la humanidad. ¡Cuan apropiado, que nuestra restauración sería revelada en la nueva vida de un bebé pequeño y delicado! Cada niño recién nacido nos recuerda de nuestra capacidad para la renovación y nuestra habilidad extraordinaria para formar el futuro del reino de Dios.

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